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lunes, 29 de noviembre de 2010

Jornada de hardcore y punk en Zárate

En febrero de 2008, después de recorrer con mi mochila, durante casi un mes, la zona de Cuyo, volví a Buenos Aires con ganas de retomar la actividad periodística, de la que me había alejado hacía casi tres años. Siguiendo ese objetivo, decidí sumarme al proyecto de unos compañeros de mi facultad de crear una revista; como éramos todos conocidos, aproveché para pedir de escribir en la sección de arte y cultura, que era el tema con el que mejor me llevaba.

En una de las primeras reuniones que habíamos organizado en una pizzería ubicada en alguna esquina que no recuerdo del barrio de Flores -extremadamente lejos de mi querida localidad de Banfield-, les había comentado al pasar -o así me sonó a mí- que yo solía frecuentar recitales de bandas under de hardcore y punk. Ese dato, que me pareció tan diminuto cuando lo comenté, fue el que recordó el responsable de la sección de arte en el momento previo a informarme que dos fines de semana después iba a tener que viajar a la ciudad de Zárate -ubicada en la ribera del río Paraná, al norte de la Provincia de Buenos Aires- para cubrir el Zárate Tedeum Rock, un festival de bandas under, más precisamente de hardcore y punk.

Después de buscar toda la información correspondiente en Internet, lo único que había logrado averiguar era que los días sábado 1° y domingo 2 de marzo se iba a realizar un festival en el Complejo Tedeum de la ciudad de Zárate -un lugar preparado para recibir a más de 2000 personas cada día-, para el que estaban convocadas 41 bandas en total. Y algo que aparecía repetidas veces como resultado de mi búsqueda en Google, era la imagen del famoso “flyer” del evento, que estaba publicado en los fotologs de casi todas las bandas que iban a participar -en 2008, Facebook todavía no se había expandido como una red social preferida entre los navegantes del ciberespacio-. En esa imagen rectangular de no más de 600 por 450 píxeles quedaba claro que la organización del festival era la siguiente: el día 1 se iba a escuchar rock, y el día 2 iba a estar protagonizado por el hardcore y el punk. A que no se imaginan qué fecha fui a cubrir.

El 2 de marzo me levanté lo más temprano que pude -me había acostado alrededor de las 5 de la mañana, después del recital de una banda que estaba “managereando”-, me cambié, guardé el grabador con sus pilas puestas, y me fui a tomar el tren a la estación de Banfield. Recién en ese momento noté que el cielo no estaba dispuesto a brindarnos un día amigable para estar al aire libre. Eran las 12 del mediodía de un domingo, por lo que tuve esperar unos largos 30 minutos a la formación de la Línea Roca que me llevaría hasta la estación Constitución. Intenté probar si funcionaba aquella clásica ley de fumadores que afirma que si te prendés un pucho mientras esperás el bondi -en este caso el tren-, viene más rápido. Me gusta creer que funcionó y que, si no hubiera sido por mí, toda esa gente que esperaba en el andén, hubiera tenido que quedarse ahí media hora más.

Durante los 20 minutos de esa parte del viaje, iba escuchando música en un mp4 de esos sin marca, mientras estudiaba cuidadosamente la guía Filcar, no porque no supiera hacia dónde me dirigía, sino para tomar conciencia de la distancia que estaba a punto de atravesar, sólo para ir a un recital. Llegué a Constitución y, como todavía me quedaban un par de viajes en el subtepass -esa tarjetita que te da el “ok” para pasar por el molinete de control y te permite viajar en subte-, me subí directo al que estaba a punto de salir. Luego de otros 18 minutos arriba del segundo medio de transporte público, llegué a Retiro y saqué el boleto que me llevaría hasta la ciudad de Zárate.

Como no estaba muy segura del trayecto que hacía el tren de la Línea Mitre, le pregunté a la chica que trabajaba en la boletería, que me explicó que iba a tener que hacer combinación de tren en la estación Villa Ballester. Lo que la amable chica-de-la-boletería olvidó informarme fue lo que me enteraría más tarde, al llegar a Ballester, por medio de la experiencia directa: iba a tener que estar más de una hora en la estación esperando a que llegara el tren que me dejaría finalmente en Zárate.

Opté por sentarme tranquila en un escalón de madera, mientras miraba las nubes grises e intentaba convencerlas para que se fueran, o que por lo menos no arruinaran la jornada. Ya era más de la una y media de la tarde y, según el flyer, el festival habría comenzado hacía por lo menos una hora. No me importó. Sabía que lo más importante para el artículo que tenía que escribir, no iba a suceder al comienzo de la jornada.

El tan esperado tren llegó a horario, 14:20 hs, lo que significaba que llegaría a Zárate a las 16:20hs, aproximadamente. Viajé sentada las dos horas. No podía quejarme. Durante los 120 minutos que duró el trayecto en tren, me la pasé mirando por la ventanilla y escuchando música en mi mp4 -que para ese entonces ya tenía una rajadura en la pantalla, debido a que lo llevé durante todo el viaje en mi bolsillo trasero del jean-. Ya muy cerca de mi destino el cielo se hizo nube, se hizo noche, se hizo agua. No llovió, fue un temporal que amenazaba con terminar mi jornada antes de que hubiera comenzado.

Y Zárate se hizo realidad, al igual que el Complejo Tedeum y el festival de bandas under de hardcore y punk. Llegué al que había sido mi destino desde esa tarde en la pizzería con mis compañeros de facultad. A partir de ese momento, todo fue muy rápido, o así lo sentí yo. Siguió lloviendo, pero los organizadores del Zárate Tedeum Rock habían anunciado que el festival no se iba a suspender.

En el Complejo había tres escenarios, dos de ellos cubiertos, para las bandas under, y el tercero colocado para las bandas “grandes”, encargadas de dar por finalizada a la jornada: Shaila -una banda de hardcore melódico que se hizo conocida en 2006 a partir de la rotación de uno de sus videos en MTV-, Bulldog -reconocida banda de punk rock, oriunda de Rosario- y Cadena Perpetua -la banda de punk que trascendió su popularidad dentro de su escena y expandió su público a partir de su disco “Demasiada Intimidad”-.

En medio de lo rápido que tenía que moverme de un lado para otro, para lograr entrevistar a la mayor cantidad de músicos posibles, con el fin de enriquecer mi nota con varios testimonios, me detuve algunos minutos a observar el lugar, la cantidad y diversidad de chicos y chicas que estaban desde tempranas horas en el Complejo. Por ejemplo, Gigi, una chica de 15 años que había ido a ver a Shaila y a sus amigos de Cojón y Ass-Terix, me contó que había ido hasta allá con varios de sus amigos -todos de Wilde-. “Alquilamos un micro y lo pagamos entre todos. Los chicos de Cojón van a tocar por primera vez en vivo y no podíamos faltar”, explica Naza -un adolescente punk de 17 años y el novio de Gigi-, que llama la atención con su cresta en tonos azules y verdes.

Entrevisté a más 15 bandas -ese día tocaban 20- y, mientras esperaba a que alguno de los músicos de las bandas “grandes” me dedicara algunos minutos y contestara mis preguntas, vi más parejitas y grupos de adolescentes. La gran mayoría llevaba puestos sus jeans negros y remeras de los Misfits o Ramones; predominaban las chicas con pelo lacio, flequillo sobre sus ojos y polleras escocesas sobre calzas negras; además, era imposible ignorar las muchas -pero muchas- cadenas color plata que colgaban de los pantalones o mochilas. Sin embargo, el dato para destacar era que estas últimas estaban decoradas con pins, parches y muñequitos de tela que parecían cocidos a las apuradas -o intencionalmente de manera desprolija-.

Finalmente, de las bandas “grandes”, sólo logré entrevistar al grupo Shaila, que fue recién a las 23 horas, luego de su presentación en vivo. La entrevista, que comenzó con sólo algunas respuestas del cantante, Joaquín Guillén, terminó convirtiéndose en una gran charla entre todos los integrantes de la banda y el manager frente a mi grabador.

Para cuando logré cumplir con mi objetivo, ya eran más de las 2 de la mañana y no tenía idea de cómo iba a regresar a la zona sur del Conurbano Bonaerense. Fueron Naza y Gigi -la adolescente pareja punk- quienes me vieron deambulando por el Complejo y me ofrecieron un cómodo lugar en el micro que los llevaría de vuelta a su casa en Wilde. Sabía que ninguna oferta podía superar la que ellos me estaban haciendo, por lo que viajé con ellos hasta Avellaneda. A partir de ahí, el viaje de retorno a Banfield no sufrió ninguna anomalía, con excepción del Tren Roca que, para mi sorpresa, llegó a horario.

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