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sábado, 12 de julio de 2008

Los Otros (intertextualidad)

Hace tiempo ya que mi mamá se volvió loca. Desde que se fueron aquellas sirvientas no ha vuelto a ser la misma. A veces nos obliga a estar separados a mi hermano y a mí, porque no quiere que le cuente lo que veo. Ella no quiere creerme, aunque sé que a veces escucha cosas. Me pregunta con miedo de quién son esas voces que oye a través de las paredes; pero ya no quiero responder. No tiene sentido explicarle que esas voces que escucha son reales, pero provienen de seres extraños. A veces, para hacer oídos sordos a mis comentarios, lee la Biblia en voz alta, pero no se da cuenta de que en ésta hay muchas más mentiras que las que yo puedo inventar.

Hace mucho tiempo, yo tenía alrededor de seis años, se acercó a mí gritando preocupada: “¿por qué estás llorando?”. Yo, con toda mi paciencia y tranquilidad, le expliqué que no era yo quien lloraba, tampoco mi hermano, sino el niño “intruso”. Sabía que no me creería. Veía en su mirada la necesidad de que aquello que le estaba diciendo fuese mentira, así que no insistí. Sabía que no le gustaban las fantasías y que no quería que le cuente nada, porque creía que eran todos inventos y mentiras.

Siempre pienso cómo hubiera sido mi vida si mi mamá no nos hubiese protegido tanto a mi hermano y a mí. Si se hubiera dado cuenta de que allá afuera, el mundo no podía ser tan malo, ya que muchos niños lo vivían todos los días. Si nos hubiera permitido olvidar, sólo por un día, nuestra “condición” y nos hubiera dejado salir de esa cárcel e ir al colegio, como el resto de los chicos de esa edad.

La nueva mucama, Berta, también reconoce la locura de mi mamá. El otro día me confesó que creía en la existencia de otros seres conviviendo con nosotros, pero que era imposible hacer que mi mamá abriera su mente a un mundo nuevo, distinto de lo que dice su religión. Cuando le conté que nunca fui al colegio y que mi mamá fue quien me enseñó todo, bajó su mirada con tristeza y me dijo: “En poco tiempo pasará algo que les cambiará las vidas, y ya no serán importantes ciertos detalles de tu pasado”. Sin dar relevancia al comentario de mi amiga, contesté cortésmente: “Eso espero”.

Mi hermano, mi mamá y yo comíamos todas las noches en el comedor, bajo la luz de las velas, ya que todavía creía que podíamos enfermar, o incluso morir, por estar expuestos a una luz más fuerte. Nos resultaba imposible hacerle entender que hacía años que no padecíamos ningún tipo de alergia a la luz. De hecho, lo extraño era que ella estaba presente cuando las persianas abiertas permitían la entrada de la luz natural durante el día, pero sólo hacía referencia a nuestra “condición” cuando nos sentábamos a la mesa y nos hacía encender las velas en lugar de la lámpara.

Al poco tiempo, como dijo Berta, nuestras vidas cambiaron. Mi hermano había estado limpiando el ático, ya que iba a convertirse en su cuarto, cuando descubrió unos papeles que no podían más que hacerle temblar por su contenido. Se acercó corriendo, desesperado, con horror en su rostro y, estrujando los papeles, me los entregó. Los tomé con calma y me disponía a leerlos, cuando mi mamá y Berta se acercaron a nosotros. Mi mamá se encontraba llorando y Berta, quien me hizo un gesto para que continuara con la lectura, consolándola. Mi hermano, aterrado; mi mamá, impresionada y Berta, expectante, se mantuvieron delante de mí, esperando alguna reacción mía.

No recuerdo con exactitud por cuanto tiempo permanecí en silencio; creo que en mi condición resultaba difícil percibir su transcurso, pero pareció una eternidad. Los papeles que mi hermano había encontrado no hacían más que desestabilizar por completo a cualquier ser humano vivo, o a quien creía estarlo. En este caso, tanto mi mamá, mi hermano y yo creíamos estarlo, pero los papeles de defunción ocultos en el ático comprobaban nuestro error.

Abrumada por la situación, me senté en el sillón y me quedé varios minutos sin pronunciar palabra. Mientras el caos reinaba en mi casa, yo, asombrosamente aliviada, sólo podía pensar en los momentos de mi pasado que cobraron sentido a partir de este descubrimiento.

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