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miércoles, 9 de julio de 2008

Aquella mujer que daba pasos IX

Hoy sonrió. Algo distinto, una propuesta que “amenaza” con ser mejor; con valer la pena. Quizás no. No quiere engañarse, intenta descubrir la trampa que ocultan las palabras dulces, que todo lo envuelven, que a todos confunden.

Quiere dejar de desconfiar. Realmente no fue tan grande la desilusión como para no volver a confiar, o sí. Quizás sí lo fue, pero ya no lo recuerda. Sólo le queda esta sensación de desconfianza y de rechazo que arrastra desde ese entonces.

De las palabras dulces sólo sabe eso, su sabor. No tiene idea de las causas ni de las consecuencias que hay detrás de ellas. Quiere creer, pero no tiene motivos para hacerlo.

Cuando las cosas suceden rápido, le da razones suficientes para mirar de reojo y con mayor atención. Jura que intenta, pero no puede. Busca las razones por las que esa persona tiene algún tipo de interés en ella. Se responde que los motivos deben ser los mismos de siempre, igual de superficiales, sólo que, en este caso, él lo manejó con mayor sutileza y no se lo hizo sentir así.

Lo peor, igualmente, no es eso, sino su propia reacción. ¿Por qué en este caso le resultó tan fácil dar un “sí” como respuesta? ¿Tan estúpida es? ¿Tiene motivos para sentirse así?

Algo en él, en su discurso, en sus actitudes, le dio confianza en el mismo instante en el que tuvo que responder. Él lo manejó bien. No la hizo sentir presionada, ni la convirtió en la víctima de un interrogatorio en el que sólo valían los “sí” o “no” como respuesta. Fue agradable con sus palabras, incluso habilidoso y, entre los dos, construyeron una atractiva e interesante conversación.

Todavía no se repitió la situación, pero sabe que mañana se encontrará con él. Quiere ir. Quiere ver si pasa la prueba. Si es algo que tendrá continuidad o si morirá en el primer encuentro, como le viene sucediendo ya a modo de una triste y vacía rutina.

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