viernes 18 de julio de 2008

Aquella mujer que daba pasos XI

Los minutos pasan.
Siente ansiedad, nervios.
No sabe con qué se encontrará.
No sabe qué expectativas hay del otro lado.
Las luces se apagan.
Las puertas se cierran.
Tampoco sabe qué espera ella.
Siente la presión del tiempo.
Incertidumbre.
El temor por la ausencia ajena.
Quiere correr, quiere irse.
NO!
Tiene curiosidad.
Se siente observada.
Todo le da vueltas.
20:30
Odia el reloj.
Se distrae para no pensar en eso.
Se da cuenta que no puede.
No es tan importante.
No se entiende, odia no hacerlo.
Los minutos siguen avanzando.
Su cuerpo se acelera.
Más luces se apagan.
La gente e va.
El día termina para muchos.
Para ella empieza algo.
Seguro no es tan importante.
Ilusión.
¿Ilusa?
Siempre igual.
Quiere dejar de pensar.
Mira todo a su alrededor.
Quisiera detener el tiempo, pensarlo bien.
O no.
Quizás así es como debe ser.
¿Por qué todo pasa tan rápido y lento a la vez?
Toma su encendedor.
Busca en sus bolsillos.
Lo enciende.
Piensa.
Mira, la miran, o no.
Nervios.
Se levanta.
Hace frío.
Tiembla.
Se va.
Algo termina, algo empieza.
No debe ser importante.

jueves 17 de julio de 2008

Aquella mujer que daba pasos X


Se siente confundida. Hoy no sabe bien lo que quiere, pero tomó la decisión de dejar de hacer las cosas que no desea. Decidió que ya no hará aquello que no quiere.

No quiere sentirse sola; no quiere seguir llorando sin lágrimas mientras expone una sonrisa en cada situación; no quiere seguir viviendo en los extremos (¿entonces quiere el equilibrio?); no quiere aparentar ser feliz (quiere serlo, ¿quién no?). Se cansó de esos viajes en soledad mientras se dirige al encuentro con puros ruidos que aturden su conciencia y le hacen olvidar su miserable existencia.

“Estaría bueno encontrar una compañía constante, permanente”.

Sus radiantes sonrisas, acompañadas por una triste mirada, ya no engañan a su mente, y eso le hace pensar demasiado. No son buenos esos pensamientos. Todavía no tolera tomar conciencia de lo vacía que está su vida desde hace un tiempo.

Ni siquiera logra poner en palabras concretas lo que le sucedió (ni lo que le sucede).

Todavía no se anima a ser descubierta, ni a que otro conozca su “verdad” (ni siquiera parte de su pasado). Si eso sucediera, ¿cuáles serían las consecuencias? No lo sabe, ni se anima a salir de esa ignorancia. Prefiere seguir así, por temor a que sea peor.

sábado 12 de julio de 2008

Los Otros (intertextualidad)

Hace tiempo ya que mi mamá se volvió loca. Desde que se fueron aquellas sirvientas no ha vuelto a ser la misma. A veces nos obliga a estar separados a mi hermano y a mí, porque no quiere que le cuente lo que veo. Ella no quiere creerme, aunque sé que a veces escucha cosas. Me pregunta con miedo de quién son esas voces que oye a través de las paredes; pero ya no quiero responder. No tiene sentido explicarle que esas voces que escucha son reales, pero provienen de seres extraños. A veces, para hacer oídos sordos a mis comentarios, lee la Biblia en voz alta, pero no se da cuenta de que en ésta hay muchas más mentiras que las que yo puedo inventar.

Hace mucho tiempo, yo tenía alrededor de seis años, se acercó a mí gritando preocupada: “¿por qué estás llorando?”. Yo, con toda mi paciencia y tranquilidad, le expliqué que no era yo quien lloraba, tampoco mi hermano, sino el niño “intruso”. Sabía que no me creería. Veía en su mirada la necesidad de que aquello que le estaba diciendo fuese mentira, así que no insistí. Sabía que no le gustaban las fantasías y que no quería que le cuente nada, porque creía que eran todos inventos y mentiras.

Siempre pienso cómo hubiera sido mi vida si mi mamá no nos hubiese protegido tanto a mi hermano y a mí. Si se hubiera dado cuenta de que allá afuera, el mundo no podía ser tan malo, ya que muchos niños lo vivían todos los días. Si nos hubiera permitido olvidar, sólo por un día, nuestra “condición” y nos hubiera dejado salir de esa cárcel e ir al colegio, como el resto de los chicos de esa edad.

La nueva mucama, Berta, también reconoce la locura de mi mamá. El otro día me confesó que creía en la existencia de otros seres conviviendo con nosotros, pero que era imposible hacer que mi mamá abriera su mente a un mundo nuevo, distinto de lo que dice su religión. Cuando le conté que nunca fui al colegio y que mi mamá fue quien me enseñó todo, bajó su mirada con tristeza y me dijo: “En poco tiempo pasará algo que les cambiará las vidas, y ya no serán importantes ciertos detalles de tu pasado”. Sin dar relevancia al comentario de mi amiga, contesté cortésmente: “Eso espero”.

Mi hermano, mi mamá y yo comíamos todas las noches en el comedor, bajo la luz de las velas, ya que todavía creía que podíamos enfermar, o incluso morir, por estar expuestos a una luz más fuerte. Nos resultaba imposible hacerle entender que hacía años que no padecíamos ningún tipo de alergia a la luz. De hecho, lo extraño era que ella estaba presente cuando las persianas abiertas permitían la entrada de la luz natural durante el día, pero sólo hacía referencia a nuestra “condición” cuando nos sentábamos a la mesa y nos hacía encender las velas en lugar de la lámpara.

Al poco tiempo, como dijo Berta, nuestras vidas cambiaron. Mi hermano había estado limpiando el ático, ya que iba a convertirse en su cuarto, cuando descubrió unos papeles que no podían más que hacerle temblar por su contenido. Se acercó corriendo, desesperado, con horror en su rostro y, estrujando los papeles, me los entregó. Los tomé con calma y me disponía a leerlos, cuando mi mamá y Berta se acercaron a nosotros. Mi mamá se encontraba llorando y Berta, quien me hizo un gesto para que continuara con la lectura, consolándola. Mi hermano, aterrado; mi mamá, impresionada y Berta, expectante, se mantuvieron delante de mí, esperando alguna reacción mía.

No recuerdo con exactitud por cuanto tiempo permanecí en silencio; creo que en mi condición resultaba difícil percibir su transcurso, pero pareció una eternidad. Los papeles que mi hermano había encontrado no hacían más que desestabilizar por completo a cualquier ser humano vivo, o a quien creía estarlo. En este caso, tanto mi mamá, mi hermano y yo creíamos estarlo, pero los papeles de defunción ocultos en el ático comprobaban nuestro error.

Abrumada por la situación, me senté en el sillón y me quedé varios minutos sin pronunciar palabra. Mientras el caos reinaba en mi casa, yo, asombrosamente aliviada, sólo podía pensar en los momentos de mi pasado que cobraron sentido a partir de este descubrimiento.

miércoles 9 de julio de 2008

Aquella mujer que daba pasos IX

Hoy sonrió. Algo distinto, una propuesta que “amenaza” con ser mejor; con valer la pena. Quizás no. No quiere engañarse, intenta descubrir la trampa que ocultan las palabras dulces, que todo lo envuelven, que a todos confunden.


Quiere dejar de desconfiar. Realmente no fue tan grande la desilusión como para no volver a confiar, o sí. Quizás sí lo fue, pero ya no lo recuerda. Sólo le queda esta sensación de desconfianza y de rechazo que arrastra desde ese entonces.


De las palabras dulces sólo sabe eso, su sabor. No tiene idea de las causas ni de las consecuencias que hay detrás de ellas. Quiere creer, pero no tiene motivos para hacerlo.


Cuando las cosas suceden rápido, le da razones suficientes para mirar de reojo y con mayor atención. Jura que intenta, pero no puede. Busca las razones por las que esa persona tiene algún tipo de interés en ella. Se responde que los motivos deben ser los mismos de siempre, igual de superficiales, sólo que, en este caso, él lo manejó con mayor sutileza y no se lo hizo sentir así.


Lo peor, igualmente, no es eso, sino su propia reacción. ¿Por qué en este caso le resultó tan fácil dar un “sí” como respuesta? ¿Tan estúpida es? ¿Tiene motivos para sentirse así?


Algo en él, en su discurso, en sus actitudes, le dio confianza en el mismo instante en el que tuvo que responder. Él lo manejó bien. No la hizo sentir presionada, ni la convirtió en la víctima de un interrogatorio en el que sólo valían los “sí” o “no” como respuesta. Fue agradable con sus palabras, incluso habilidoso y, entre los dos, construyeron una atractiva e interesante conversación.


Todavía no se repitió la situación, pero sabe que mañana se encontrará con él. Quiere ir. Quiere ver si pasa la prueba. Si es algo que tendrá continuidad o si morirá en el primer encuentro, como le viene sucediendo ya a modo de una triste y vacía rutina.

jueves 3 de julio de 2008

Aquella mujer que daba pasos VIII

No fueron días fáciles. Por un instante, aquella mujer se cansó de moverse; sintió ganas de desaparecer. Durante algunas horas, no fue ella quien vivió en su cuerpo. Sus acciones traicionaron su mente; su pasado (su historia), la traicionó. Un fraude completo, así se sintió.


Y otra vez los impulsos y la tentación la vencieron, se dejó llevar, se entregó al momento de un casi placer instantáneo, y lastimó. No lo pensó así –y aún no lo piensa así-, pero sabe que, del otro lado, su acción construyó dolor.


Dejó de lado por un rato esa imagen. No quería que la permanencia en ese momento la domine.

martes 1 de julio de 2008

Aquella mujer que daba pasos VII

Hace tiempo lo está pensando, o por lo menos últimamente esa idea se volvió recurrente. ¿Será que prefirió evitarlo, todo este tiempo, porque en realidad no lo superó realmente? ¿Seguirá de alguna manera atada a ese momento de su pasado, y es por eso que todas sus acciones son a modo de rechazo de lo que solía ser?

Todo su presente construido a partir de la negación de su pasado; su presente como un no-pasado. la construcción en base a lo opuesto de algo, pero no en favor de otra cosa. Como si estuviera permitido todo lo que no sea como lo que fue.

Se cuestiona si tiene algún sentido funcionar así. Si estos pasos que está dando le están permitiendo avanzar, o simplemente la hacen moverse sobre el lugar, sólo para que no crea que está quieta, inmóvil, paralizada.

Prefiere creer que todo lo que hizo durante este presente no fue en vano, sino que todavía no vio el resultado concreto de esas acciones, que sigue en proceso, avanzando.

Quiere cargar de pensamientos positivos a sus acciones. Quiere ser optimista -por una vez- y darle tiempo a las consecuencias para que se hagan presentes y le demuestren que hizo bien. Simplemente esperará.

lunes 30 de junio de 2008

Aquella mujer que daba pasos VI

Hoy su día no empezó como otros. No se despertó a la misma hora de siempre, no se sintió igual que otras mañanas -u otros mediodías-; ni mejor, ni peor, diferente.

Hoy se dio cuenta que hace un año su vida se llenó de cambios, o ella llenó a su vida de cambios, alteraciones; ella cambió y no tuvo que esperar mucho para ver las consecuencias.

Pero un año después, no está segura de cómo calificar los casi resultados. Muchas cosas fueron buenas, pero no todas, y todavía hay dos ausencias que no carecen de importancia.

Hoy, esta mujer que no logra despertar en su totalidad, amaneció pensando en eso que todavía le falta en su vida.

Se vio, luego, a sí misma comentando esta sensación de carencia, de vacío, con otros. "Relajate, dejá de buscar -le dijeron-, hay que pensar en que, además, pasan cosas buenas". Sonaba ridículo que alguien tuviera que recordarle esto último, pero así fue.

Todo este tiempo sus pensamientos cerrados, limitados, sólo se enfocaron en aquellas cosas que todavía faltaban, que brillaban por su ausencia -si me permiten la frase trillada. Había dejado a un lado los logros, las personas y situaciones que la habían hecho feliz, o mínimamente le dibujaron una sonrisa en el último año, así, lleno de cambios.

Pensó que era cierto, estaba "buscando" lo que todavía no tenía, y había olvidado que todo lo que había conseguido, fue sin querer; justamente, sin buscarlo.